un blog de opiniones con mate lavado

Les solicito que hagan la inversion de leerlo, mediten cada frase y disfruten

(gracias Carlos)

Amo la palabra ya que en ella habita la idea y reside el primer huevecillo de la literatura, ese raro y punto menos que misterioso planeta cuya consideración hoy nos convoca aquí, en esta mañana de primavera. Goethe temía a las palabras, en plural —en el Fausto dice que cuando faltan ideas siempre hay palabras para substituirlas—, pero yo hablo ahora de otra cosa, yo discurro ahora sobre la palabra en singular esencia.

Amo siempre la palabra como a veces se ama a una mujer, con frenesí, pasión e inconveniencia, y este desmelenado amor me envara el sentimiento porque, otra vez el Quijote, donde hay mucho amor no suele haber demasiada desenvoltura. Y puesto que amo la palabra también alabo, oso y me arriesgo a alabarla, aun corriendo el riesgo de darme de hoz y coz con el envés de mi propósito puesto que, de nuevo el Persiles, la alabanza tanto es buena cuanto es bueno el que la dice, y tanto es mala cuanto es vicioso y malo el que alaba. Confiemos una vez más en la suerte.

En El laberinto de amor Cervantes canta en verso de romance:

Es el amor, cuando es bueno,

deseo de lo mejor;

si esto falta, no es amor,

sino apetito sin freno.

Y aquí se me presentan primero la duda y después el estupor porque, ¿amo yo así a la palabra y a su bosque umbrío, la literatura? ¿Les deseo lo mejor y no lo más duradero y bello y eficaz? ¿Estaré confundiendo el amor con el desenfreno? ¿Estaré tomando el rábano, por las hojas y los celos por los temores? ¿No será Cervantes el equivocado al querer ponerle puertas al campo del amor? Tampoco es ese el camino por el que haya de seguir porque las apologías, como los ditirambos y los arrebatos nadan por diferentes cauces que el sentimiento o el pensamiento en llamas.

Señor, Señora. Ya estoy llegando al fin, ya no me queda sino desollar el rabo de mi discurso y os pido un poco de paciencia para escuchar mi última razón ya que, como el solitario Amiel, no podría contentarme con tener razón yo solo. Hace ya algunos años y con motivo de recibir el premio Príncipe de Asturias, tuve ocasión de decir en público y ante un ilustre senado presidido por S.A. el Príncipe Don Felipe que en España, el que resiste, gana. Lo dije en la noble ciudad de Oviedo y lo repito hoy, ante Vuestras Majestades y también el instruido y selecto cónclave que nos arropa y en la noble ciudad de Alcalá de Henares, a medio camino entre la capital de España y el paraíso.

Sí me permitiría aclarar con mi voz más desnuda y sincera, sí quisiera pregonar con mi acento más cierto y verdadero, que esta victoria de hoy no es mía sino de la palabra dicha en español y a esta o a la otra orilla de la mar, que acierta a comparecer ante Vuestras Majestades en cada aniversario de Miguel de Cervantes y resistiendo siempre todas las tarascadas. Yo no soy más que el cambiable excipiente de la medicina de la literatura (úsese y tírese). Cervantes dice, en las misteriosas y enriquecedoras páginas delPersiles, que el arrepentimiento es la mejor medicina que tienen las enfermedades del alma. No puedo arrepentirme de haber visto pasar la vida entera con la pluma en la mano, yo ya no puedo dar marcha atrás por haberme pasado la vida escribiendo, tampoco quiero ni debo hacerlo y proclamo mi lealtad a mi oficio. Me reconforta pensar que la palabra tiene su mejor premio en sí misma, y doy gracias a Dios, también a los hombres, por no haberme querido mudo ni muerto.

Camilo Cella, al recibir el Premio Cervantes

Carlos Cassia

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